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Durante toda la madrugada del 18 al 19 de octubre de 1965 no dejó de llover en el municipio de Chiclana de la Frontera ni un solo instante y con tal intensidad que no presagiaba nada bueno. Sin embargo, nadie podía entonces siquiera intuir la magnitud de la catástrofe que se avecinaba.

Las parejas del puesto de la Guardia Civil que prestaron servicio aquella noche regresaron completamente empapadas. La casa-cuartel ocupaba entonces, desde 1911, un inmueble alquilado sito en el número 10 de la calle Rivero, actualmente denominada Arroyuelo.



A las seis de la mañana salieron las parejas que les relevaron sin sospechar lo que les esperaba. El diluvio siguió sin cesar un minuto y cuando despuntaba la luz de aquel grisáceo día ya estaban mojados hasta los huesos.

En el resto del término municipal había dos casas-cuarteles más en uso. Sus parejas de servicio también se calaron por completo. Se trataban de las existentes en Sancti-Petri, conocida por “El Molino” y en La Barrosa, junto a la Torre del Puerco. Ambas eran heredadas del antiguo Cuerpo de Carabineros que la Guardia Civil había absorbido en 1940. Igual origen había tenido otro acuartelamiento, sito en el número 5 de la antigua calle Fossi, arrendado desde 1922, si bien en 1965 hacía ya tiempo que se había resuelto su contrato.

También existía una pequeña edificación que era conocida como “Caseta Vieja” o “Casa de la Aguada”, ubicada en la playa de La Barrosa. Eran tiempos en los cuales la Benemérita no disponía apenas de vehículos para prestar servicio, practicándose en la mayor parte a pie o a caballo.

La Comandancia de Cádiz estaba entonces mandada por el teniente coronel Rafael Serrano Valls y el segundo jefe era el comandante Ramón Rodríguez-Medel Carmona, estando su acuartelamiento ubicado en la Avenida de San Severiano de la capital.El despliegue territorial era potente y contaba con once compañías destacadas por toda la provincia, excepto Campo de Gibraltar que correspondía a la Comandancia de Algeciras.

Dichas compañías, con sus respectivos capitanes al frente, tenían establecidas sus cabeceras en la capital (una para el puerto y otra para la vigilancia de la costa del municipio), San Fernando, Medina-Sidonia, El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, Jerez de la Frontera, Villamartin, Ubrique, Barbate y Chiclana de la Frontera.

Esta última era la 8ª de la entonces denominada 237ª Comandancia, perteneciente al 37º Tercio cuya jefatura estaba en Málaga. El jefe de dicha compañía era el capitán Pedro del Pozo Pineda, quien había sido destinado a Chiclana apenas tres meses antes, sustituyendo al de igual empleo Ramón Mata Llaves. Como jefe de su plana mayor estaba el subteniente José Pérez Sánchez.El jefe de la Línea de Chiclana era el teniente Guillermo Durán Sáenz que también se había incorporado recientemente, procedente del mando de la Línea de Alcalá de los Gazules, en sustitución del de igual empleo Manuel Calle Arcal.

El comandante del Puesto de Chiclana era el sargento Fidencio Benavides Alva quien poco después sería sustituido por el de igual empleo Manuel Benítez Reina. El resto de miembros del Cuerpo destinados en la casa-cuartel de la calle Rivero eran los cabos 1º Alfonso Quintero Moguel y Juan Sánchez Márquez; los cabos José Gracia Nieto y Antonio Millán Mesa; los guardias 1º José Cordoneda Muñoz, Luis Pantoja Martínez y Manuel Pérez Contreras; y los guardias 2º Gonzalo Álvarez Hurtado, Manuel Cecilia Lozano, Francisco Correa Díaz, Juan Flores Caraballo, José Fernández Salazar, Cirilo Jiménez López, José López Martin, Francisco Martín López, Antonio Muñoz Muñoz, Juan Navarro Caravaca, Antonio Pérez Ocaña, Blas Romero García, Francisco Romero Santos, Francisco Rosado Parada, Eduardo de la Torre Prieto y José Fuentes Sánchez.Pasadas las once de la mañana de aquel frío 19 de octubre, que no había dejado de diluviar, el río Iro vio desbordado su cauce anegando barriadas enteras e inundando sus calles, llegando en muchos sitios a superar ampliamente los dos metros de altura.

Más de un millar de inmuebles se vieron gravemente afectados, incluida la casa-cuartel, perdiéndose o deteriorándose innumerable cantidad de efectos y propiedades. Algunos edificios quedaron en estado ruinoso como fue el caso del Teatro García Gutiérrez.

Más de dos millares de familias tuvieron que ser desalojadas de sus viviendas y muchas de ellas tuvieron en grave riesgo su vida, siendo milagroso que ninguna perdiera su vida. Factor decisivo fue que el incontenible desbordamiento sucedió a plena luz del día pues si hubiera sido de madrugada hubiese resultado una auténtica tragedia.

Inmediatamente se activaron todos los auxilios posibles y la Armada, con sus helicópteros desde la base de Rota y barcazas de Infantería de Marina desde San Fernando, junto al Ejército con sus camiones desde Cádiz, e incluso la Policía Armada desde la capital, acudieron prestos al rescate.

Pero entre los primeros que comenzaron a salvar vidas, porque estaban allí, con ayuda de voluntarios y guardias municipales, fueron los guardias civiles, que como miembros de la Benemérita pusieron una vez más en valor los postulados de la “Cartilla”, redactada por su fundador, el duque de Ahumada y aprobada por real orden de 20 de diciembre de 1845. Así, su artículo 6º establecía que el guardia civil procurará ser siempre un pronóstico feliz para el afligido y que el que viera a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo creyese salvado. Su artículo el 35º disponía que en las avenidas de los ríos o cualquier otra calamidad, tenía la obligación de prestar cuantos auxilios estuvieran a su alcance, a aquellos que se vieran envueltos en dichos males.

Los chiclaneros que padecieron y sufrieron aquella catástrofe han dejado su testimonio sobre aquellos guardias civiles que se arrojaron al agua para salvar vidas, los rescataron de sus viviendas inundadas a las que llegaban remando en pequeños y frágiles botes de madera cuando no estaban achicando el agua que entraba en los mismos.

El “Diario de Hechos” de la 237ª Comandancia de Cádiz resume con sobriedad militar aquella larga y dura jornada: “En Chiclana, a causa de las continuas tormentas se desborda el río Iro, con tal fuerza que asola lo que a su paso encuentra. Día y noche las fuerzas de la Guardia Civil trabajan para salvar haciendas y vidas, en alarde de heroísmo sin límites. El Alcalde (Tomás Collantes Ceballos) de la ciudad devastada dio las gracias públicamente a la fuerza actuante. Al día siguiente fuerzas del Puesto de Chiclana detuvieron con notable pericia al autor de un robo de 5.500 pesetas”.

Con esto último los guardias civiles daban cumplimiento también a la última frase del mentado artículo 35º, ya que siempre debían velar por la propiedad y seguridad de todos. Lamentablemente cuando acaecen catástrofes siempre hay gente de mal vivir dispuesta a hacer de las suyas.

Por último, mencionar también a los guardias civiles del Subsector de Tráfico de Cádiz, mandado por el teniente Damián Ruiz Gallardo, que con sus motocicletas acudieron a auxiliar a los conductores que quedaron atrapados en sus vehículos al quedar cortada por la inundación la carretera nacional que atravesaba Chiclana entre Cádiz y Algeciras.



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